
Desde pequeña, la mamá sacaba a Stella de la escuela 170 y se la dejaba a su padre, que pertenecía a la barra del Rojo Vivo, para que lo acompañara a la práctica del Gaucho. De ahí que el Paladino sea su lugar en el mundo y Progreso forme parte de su vida. Ese era el rito, todas las tardes iba a ver las prácticas. Su papá nunca la quiso llevar a los partidos porque generalmente se armaba alguna trifulca.
Un día, con solo 13 años y un dinero que cobró por cuidar a su sobrino, partió rumbo a la cancha de Danubio. No tenía ni idea de cómo llegar, pero afortunadamente, en la parada, se encontró con otro hincha, “El Toto” y con él se fue a Jardines. Cuando apareció en la tribuna, donde antes estaba la palmera, el padre la vio, y pese a todos los pronósticos, en vez de enojarse, desbordaba alegría. Si bien su padre ya no está, sus hechos aún generan anécdotas. Cuando era chica, en un partido contra Basañez en el Paladino, su hermano tuvo que ir a separar a “El loco Giordano” que estaba en pleno ring de boxeo con el golero de Basañez, un tal Valerio. Al llegar a su casa y levantarse la camiseta, tenía todos los tapones marcados en el pecho. Sin embargo, al meter la mano en su bolsillo, con orgullo sacó los dientes postizos del arquero. En esa semana se los devolvió a través de un vecino de La Teja que jugaba en Basañez. Esta historia resurgió hace unos años cuando Rodrigo, el hijo mayor de Stella, salió en parodistas. Charlando con el padre de un compañero, al enterarse que era de Progreso, le comentó que él había jugado en Basañez, y que una vez un veterano se agarró a piñas con el golero y le sacó los dientes. Entre risas Stella le confesó quién era ese veterano. Tiene tres hijos y aunque los apoya cuando gritan por Uruguay, nada la conmueve como su querido Gaucho. Todos son hinchas de Progreso y cuando tocaba jugar en el interior, no siempre había dinero para que los cuatro viajaran. O iba Stella o los chiquilines. Muchas veces algún adulto se hacía cargo de ellos en esos viajes, por ejemplo la familia Carbajal.

Cuando se pierde, a Santi se le escapa algún comentario como “ni una alegría nos dan, no podemos ganar un partido”. Recuerda cuando estudiaban los sábados, para justificar la falta les hacía cartas y de esa manera podían ir a los encuentros sin mayores remordimientos. La más distendida es Milena, la hija más chica, que si tiene que trabajar o quedarse durmiendo, lo hace. Pero para su madre no ir a un partido significa amargarse toda la semana. Parte de su familia es hincha de otro cuadro, sin embargo son socios de Progreso, sobre todo para llevar a sus hijos chicos y hacer de esa salida un encuentro familiar porque el aurirrojo es una gran familia. Los partidos son la columna vertebral de la dinámica hogareña. La barra joven hace la previa en su casa, se arma la colecta de todo lo necesario para lograr que cada disputa sea una fiesta. Según el horario se organiza el día, se compra lo que se puede para poner en la parrilla o, si los partidos son temprano, la barra de Stella se convierte en la barra del mate. Así es que preparan la fiesta durante toda la semana. Si hay triunfo todos vuelven contentos. Su sueño es que sus hijos puedan vivir la gloria máxima, como lo fue el campeonato obtenido en el 89. Un día de sol, La Teja esperando el broche de oro que culminó en una caravana céntrica. O como el triunfo del 2001 en el Saroldi, con otra caravana que hasta pasó por la casa de Tabaré en el Prado. Vivencia que no pudo compartir en la cancha con su padre pues su cardiólogo le había prohibido presenciar esos partidos emotivos. Se apena cuando reflexiona sobre la división que han generado las redes sociales entre las distintas franjas etarias, porque esas diferencias de edad son las que enriquecen presencialmente a la hinchada, en la que se ven familias con nenes chiquitos que saben los nombres de todos los jugadores y adultos que no entienden de dónde salió el fanatismo de esos pequeños pero que, sin ser hinchas del cuadro, de todas formas los acompañan y hasta simpatizan con el club. Los malos momentos de la cancha no pasan por el cuadro, pasan por la gente. “Una vez en el Paladino, a la salida, un hincha de Cerro, periodista de radio comunitaria, le pegó una piña a Santiago”. Si bien fue un error y días después hubo un pedido de disculpas, ese día el miedo pasó por lo que podía ocurrir, porque toda la hinchada se iba atrás del de Cerro. Otro recuerdo ingrato fue cuando la policía le disparó una bala de goma a su sobrino con su hija en brazos. A pesar de estas situaciones, las discrepancias y las tristezas de los descensos, el juego sigue, y cada día hay un motivo para programar el próximo encuentro. La esperanza de conseguir un nuevo título sigue intacta aunque la idiosincrasia futbolera hace que se vea muy lejano. Stella no es hincha de ningún jugador, es hincha de su cuadro por encima de todo, más allá de los ídolos de la institución. Para ella el fútbol es Progreso. La Teja genera un sentido de pertenencia que se transmite en la emoción de cada relato y cada charla con sus compañeros, logrando generar simpatizantes al club hasta con sus historias en redes sociales. “La gente termina seducida por el club. Progreso tiene eso. Progreso es la Teja. Hasta los jugadores se van queriendo volver.”

Y esta crónica no podía terminar sin recordar a Nahuel Miranda, quien era como un hijo más por todo el tiempo que pasaba en su casa. Llegar a la cancha y besar la placa que lo homenajea se ha vuelto su tradición. “Nahuel forma parte de la historia del Gaucho, por cómo era en la cancha y en la tribuna”. Santi, su hijo del medio, era uno de sus mejores amigos. Progreso es la herencia más deliciosa que le dejó su padre. Legados que se transmiten de generación en generación y que se estampan en la tribuna con la bandera que los representa, en esa que se lee Strata Giordano.






