Había una vez un niño que soñaba con jugar al fútbol…

Todas las historias de niños y niñas deberían tener un desarrollo y un final feliz. Sin embargo, la vida transcurre con sorpresas no siempre gratas.
A los 5 años, Seba Gaitán comenzó su romance con Progreso. Jugaba en Baby Fútbol. Solo un año viviendo en la Teja produjo en ese niño un sentimiento inexplicable de apego al cuadro. Pero, una mudanza hacia Maroñas provocó una separación forzada. “Estuve dos años más viniendo a La Teja hasta que mis viejos no pudieron aguantar el tema del boleto”. Así que a los 7 años empezó a jugar en Danubio, aunque no duró mucho. Berrinches de por medio el padre sucumbió y, sin que fuera fácil, consiguieron el pase al Gaucho.

Ya mudado al Cerro pasó a juveniles. En el 2002, mientras jugaba en la sexta, lograron el ascenso a la A. Por aquellas épocas los rivales de turno tenían jugadores que luego serían de renombre como un tal Pelado Cáceres, Suárez, Cavani.
En cuanto al fútbol fue un buen año para los juveniles. No obstante, ese 2002 le cometió a Gaitán la falta más dura de su vida.
Un domingo de mayo, a las 9 am, en el Paladino, los juveniles ganaron un nuevo partido, esta vez contra Juventud. Mientras tanto, las familias recaudaban fondos a través de las clásicas cantinas, que servían para costear gastos de los chiquilines. La nuestra se encontraba debajo del lugar destinado a la prensa. Al finalizar el partido los jugadores se bañaban y se acercaban a la misma en busca de algo comestible para reponer energías. Ese día, la madre de Seba estaba allí. No siempre podía ir a verlo, con dos hijos más chicos, trabajo y la vida diaria, se le dificultaba acompañarlo a las canchas, pero cuando iba trataba de dar una mano donde se necesitara; ese día fue en la cantina. Lo único que había quedado era una torta frita, la última. “No tenía ganas de comer torta frita y me acuerdo que mamá nos dio plata, estaban mis dos hermanos más chicos, y fuimos a la panadería, a mitad de cuadra”. Ese fue el último diálogo con ella. Al regreso su madre estaba desvanecida. Los recuerdos son desprolijos, aleatorios, los padres de los compañeros trataron de protegerlos con comentarios como “No es nada, la trasladan por precaución”. La emergencia se la llevó. Era inimaginable suponer que era la última vez que la vería con vida. Su madre falleció días después.
Qué difícil debe ser, y más para un adolescente, que en un mismo punto se cruce la felicidad de un gol con el dolor de la peor tragedia.
“Fue duro volver”. Se sucedían los recuerdos, las tristezas, las ausencias: el homenaje que se le hizo a la mamá con un minuto de silencio, la frustración de no jugar por no asistir a los entrenamientos, el shock del vacío hogareño. Por suerte también estaban los alivios: el la compañía de las familias, la presencia de sus compañeros, las tías que invadían la casa con comida y con cuidados.

La vida continuó. No fue fácil volver a la rutina de entrenar. Pese al dolor, se acostumbró a esa falta. Los hermanos y el padre siempre iban a verlo, eso hizo su retorno posible. Sin embargo, cuando cambiaron la tribuna locataria para la actual “Tabaré Vázquez”, en ese momento, “fue como que me estaban sacando algo”. En el ascenso del 2012, frente a Huracán, él miraba la vieja cantina donde la vio por última vez. Seguro ahí seguía presente orgullosa del triunfo de su hijo.
De todas formas, el Paladino es el punto de encuentro familiar. Si bien el resto de la familia no comparte los colores aurirrojos, es parte de sus vidas, sobre todo desde que comenzó a jugar en primera en el Gaucho por el 2007. Sus hijos, a pesar de ser de otro cuadro le reclaman las camisetas de Progreso. La cancha, el estadio, los colores son la historia de sus vidas, y la de su abuela, aunque no la conocieran.
Progreso le dio amigos que aún mantiene; volver al barrio, a la tribuna, es sanador, un homenaje, una manera de mantener la memoria.
Había una vez un niño que soñaba con jugar al fútbol…
Ahora Sebastián Gaitán forma parte de la historia del club. A ese hombre que es hoy, le agradecemos, tanto sus goles, como el orgullo con el que, aún, lleva puesta nuestra camiseta.






